El juez federal
Claudio Bonadío es hoy un héroe nacional,
llevado a esa condición por la pequeña memoria ciudadana que condena y alza –y viceversa-
a los hombres públicos con la misma y tenebrosa facilidad con que se le hace
creer a un infante sobre la existencia de Papá Noel. Alientan esa inconducta
los medios de comunicación y la vanidad del o los protagonistas, quienes,
posándose en el rol de futuros nuevos mártires
sociales, dejan entrever un final enturbiado, siniestro, cercano al “que
parezca un accidente”.
Bonadío
es, digámoslo sin titubeos, un típico funcionario judicial que carga con todas
las mañas engendradas por el Estado moderno liberal que supimos conseguir.
Cómplice acomodaticio del poder temporal de la política, en vez de serlo del
pueblo, su trayectoria como hombre leguleyo arrastra una de las más infames
taras de la desnaturalización argentina, surgida luego de la caída de Rosas y
definitivamente establecida en 1955, como es “la suspensión de todas las normas jurídicas que protegen los bienes,
la libertad y la vida de las personas” [1].
Quedando a merced del poder
político, esto, ya de por sí, convierte al juez federal Claudio Bonadío en un
burócrata ejemplar, entendiendo por burocracia a “una despersonalización del gobierno de los hombres” [2].
Y el burócrata no es más que una pieza fría y grisácea, que pone en marcha,
desde su rol, una maquinaria que tiene por finalidad satisfacer a las masas previamente
descerebradas y domesticadas por el periodismo maquillador y falsario. Bonadío
es un fusible que actúa cuando entre ese periodismo y el poder político hay un cortocircuito
–casi siempre provocado cuando los negocios salen mal-, y él, entonces, como
hombre de la ley, debe salir a jugársela por alguno de los dos bandos en pugna
(o defiende a la política o a la prensa con intereses políticos). El pueblo,
bien gracias.
La prensa, o los medios
masivos de comunicación, formadores de opinión y generadores de sentido por
antonomasia, no entrarían en esta nota si se dedicaran a informar la Verdad.
Como no lo hacen se convierten, por ello, en cómplices de los delincuentes
revestidos de “representantes del pueblo”, por lo que merecen, al menos, unas
críticas palabras.
¿Qué
debería informar la prensa ahora, en julio de 2015, respecto del juez federal
Claudio Bonadío, antes de ser aclamado como héroe
nacional por su enfrentamiento contra el kirchnerismo delincuencial?
Primeramente, mostrar su prontuario político, que es jugoso y variopinto. Por que
el pueblo está, sin más, observando una nueva guerra entre bandas, como sucede
en algunos puntos de nuestro país con el narcotráfico, donde los carteles se
matan entre sí por negocios, territorios y traiciones. Veamos quién fue y es
Bonadío:
UN PRONTUARIO
Claudio
Bonadío tiene sus orígenes en Guardia de Hierro allá por los años 70 del siglo
XX, teniendo por compañeros a futuros delincuentes, tales como José Luis
Manzano y Matilde Menéndez, entre otros.
Vuelta
la endiosada democracia en 1983,
Bonadío reaparece en escena vinculándose al FUP (Frente de Unidad Peronista),
en donde se vinculó con, por ejemplo, Miguel Ángel Toma (director de la ex SIDE
en la época de Menem). Y empezó mal Bonadío, pues la FUP apoyó a Carlos Grosso,
también delincuente de la política vernácula que se erigió en Intendente de
Buenos Aires en los primeros años del menemismo.
En
esos años (1989-1991), Claudio Bonadío trabajó en el viciado Concejo
Deliberante Porteño, mas luego se acercó al estudio jurídico del hebreo Carlos
Vladimiro Corach. Fue éste el que lo catapultó en el Poder Judicial a Claudio
Bonadío, una vez que Corach accedió al Ministerio del Interior de la Nación con
Menem.
Encargado
de impartir justicia, Bonadío carecía en verdad de “carrera judicial”,
pues no era jurista de nota en ninguna especialidad. Pero el amiguismo pudo
más. Es así, que Claudio Bonadío impulsó numerosos sobreseimientos a favor de
Carlos Corach y de otros funcionarios menemistas más, quienes fueron acusados
por hechos de corrupción. Uno fue Víctor Alderete, ex Interventor –y vaciador-
del PAMI.
En
1991 el Banco Ciudad cerró una cuenta que estaba a nombre de Bonadío, y
permaneció inhabilitado por el BCRA (Banco Central de la República Argentina)
hasta el año 1993. Pese a que mantuvo adeudada una cuenta en el Banco Ciudad
por $ 10.100 hasta el año 2010, en 1993 fue elevado a la categoría de Juez
Federal.
Camaleónico
y arrastrado, condiciones indispensables con tal de quedar sujeto al poder
político de turno, al llegar el kirchnerismo Bonadío se adaptó a los nuevos
tiempos y empezó a reportar su habitual servilismo. Y al igual que hizo durante
el menemismo, ahora tampoco desechó el tapar actos de corrupción de
funcionarios kirchneristas, donde, además, sirvió de azote para todos aquellos
que criticaban sus políticas.
Cajoneó
expedientes importantes, como el que se había levantado por las irregularidades
en la importación de autos diplomáticos al país de funcionarios de la
Cancillería, o como ese otro que tenía que ver con las coimas del Caso Skanska,
del año 2004 y en donde está implicado el Ministro de Planificación Federal,
Julio De Vido.
¿Se
acuerdan de todo esto? Nosotros, sí.

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