sábado, 18 de julio de 2015

GUERRA ENTRE BANDAS (SODOMA Y GOMORRA)



El juez federal Claudio Bonadío es hoy un héroe nacional, llevado a esa condición por la pequeña memoria ciudadana que condena y alza –y viceversa- a los hombres públicos con la misma y tenebrosa facilidad con que se le hace creer a un infante sobre la existencia de Papá Noel. Alientan esa inconducta los medios de comunicación y la vanidad del o los protagonistas, quienes, posándose en el rol de futuros nuevos mártires sociales, dejan entrever un final enturbiado, siniestro, cercano al “que parezca un accidente”.

            Bonadío es, digámoslo sin titubeos, un típico funcionario judicial que carga con todas las mañas engendradas por el Estado moderno liberal que supimos conseguir. Cómplice acomodaticio del poder temporal de la política, en vez de serlo del pueblo, su trayectoria como hombre leguleyo arrastra una de las más infames taras de la desnaturalización argentina, surgida luego de la caída de Rosas y definitivamente establecida en 1955, como es “la suspensión de todas las normas jurídicas que protegen los bienes, la libertad y la vida de las personas” [1].

            Quedando a merced del poder político, esto, ya de por sí, convierte al juez federal Claudio Bonadío en un burócrata ejemplar, entendiendo por burocracia a “una despersonalización del gobierno de los hombres” [2]. Y el burócrata no es más que una pieza fría y grisácea, que pone en marcha, desde su rol, una maquinaria que tiene por finalidad satisfacer a las masas previamente descerebradas y domesticadas por el periodismo maquillador y falsario. Bonadío es un fusible que actúa cuando entre ese periodismo y el poder político hay un cortocircuito –casi siempre provocado cuando los negocios salen mal-, y él, entonces, como hombre de la ley, debe salir a jugársela por alguno de los dos bandos en pugna (o defiende a la política o a la prensa con intereses políticos). El pueblo, bien gracias.

            La prensa, o los medios masivos de comunicación, formadores de opinión y generadores de sentido por antonomasia, no entrarían en esta nota si se dedicaran a informar la Verdad. Como no lo hacen se convierten, por ello, en cómplices de los delincuentes revestidos de “representantes del pueblo”, por lo que merecen, al menos, unas críticas palabras.

            ¿Qué debería informar la prensa ahora, en julio de 2015, respecto del juez federal Claudio Bonadío, antes de ser aclamado como héroe nacional por su enfrentamiento contra el kirchnerismo delincuencial? Primeramente, mostrar su prontuario político, que es jugoso y variopinto. Por que el pueblo está, sin más, observando una nueva guerra entre bandas, como sucede en algunos puntos de nuestro país con el narcotráfico, donde los carteles se matan entre sí por negocios, territorios y traiciones. Veamos quién fue y es Bonadío:

UN PRONTUARIO

            Claudio Bonadío tiene sus orígenes en Guardia de Hierro allá por los años 70 del siglo XX, teniendo por compañeros a futuros delincuentes, tales como José Luis Manzano y Matilde Menéndez, entre otros.

            Vuelta la endiosada democracia en 1983, Bonadío reaparece en escena vinculándose al FUP (Frente de Unidad Peronista), en donde se vinculó con, por ejemplo, Miguel Ángel Toma (director de la ex SIDE en la época de Menem). Y empezó mal Bonadío, pues la FUP apoyó a Carlos Grosso, también delincuente de la política vernácula que se erigió en Intendente de Buenos Aires en los primeros años del menemismo.

            En esos años (1989-1991), Claudio Bonadío trabajó en el viciado Concejo Deliberante Porteño, mas luego se acercó al estudio jurídico del hebreo Carlos Vladimiro Corach. Fue éste el que lo catapultó en el Poder Judicial a Claudio Bonadío, una vez que Corach accedió al Ministerio del Interior de la Nación con Menem.

            Encargado de impartir justicia, Bonadío carecía en verdad de “carrera judicial”, pues no era jurista de nota en ninguna especialidad. Pero el amiguismo pudo más. Es así, que Claudio Bonadío impulsó numerosos sobreseimientos a favor de Carlos Corach y de otros funcionarios menemistas más, quienes fueron acusados por hechos de corrupción. Uno fue Víctor Alderete, ex Interventor –y vaciador- del PAMI.

            En 1991 el Banco Ciudad cerró una cuenta que estaba a nombre de Bonadío, y permaneció inhabilitado por el BCRA (Banco Central de la República Argentina) hasta el año 1993. Pese a que mantuvo adeudada una cuenta en el Banco Ciudad por $ 10.100 hasta el año 2010, en 1993 fue elevado a la categoría de Juez Federal.

            Camaleónico y arrastrado, condiciones indispensables con tal de quedar sujeto al poder político de turno, al llegar el kirchnerismo Bonadío se adaptó a los nuevos tiempos y empezó a reportar su habitual servilismo. Y al igual que hizo durante el menemismo, ahora tampoco desechó el tapar actos de corrupción de funcionarios kirchneristas, donde, además, sirvió de azote para todos aquellos que criticaban sus políticas.

            Cajoneó expedientes importantes, como el que se había levantado por las irregularidades en la importación de autos diplomáticos al país de funcionarios de la Cancillería, o como ese otro que tenía que ver con las coimas del Caso Skanska, del año 2004 y en donde está implicado el Ministro de Planificación Federal, Julio De Vido.

            ¿Se acuerdan de todo esto? Nosotros, sí.



Por Gabriel O. Turone



[1] Castellani, P. Leonardo. “De Kirkegord a Tomás de Aquino”, Editorial Guadalupe, página 171.
[2] Op. cit., página 200.

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