En mi época
universitaria, recuerdo haber cursado una materia allá por fines de 2004 en la
sede histórica y central de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, la
misma que se ubica en la calle Marcelo T. de Alvear 2230, Capital Federal. Como
cada vez que iba a cursar, los delincuentes izquierdistas que allí hacían
política repartían volantes por doquier: un día, exaltando la lucha que se daba
en la República Checa por parte de unos empleados de vaya uno a saber qué
fábrica que los había dejado cesantes; otro, sobre una medida “revolucionaria”
que había tenido lugar en la órbita del Ministerio de Propaganda, Subgerencia
de Informes Capitalistas, de Cuba; y, otro, sobre la “Guerra Civil de la Guerra
Civil Española” (juro que el título era ese), documental casero que se iba a
exhibir plagado de imágenes inéditas.
Como he leído en las redes sociales, lo que siempre
movilizó a las izquierdas (sean de la tendencia o matiz que fueran) ha sido el
corrimiento de los límites de lo que ellos denominan “modo de vida burgués”,
término en el cual incluyen, desde luego, los principios de la religión, del
patriotismo y de todo aquello que consideran “retrógrado”, fascista” o “antiguo”.
Su visión de la vida es constructivista, lo que les da vía libre para trastocar
y ‘reconstruir’ lo que proviene del orden natural. Así, mantienen desde el
origen del marxismo (mediados del siglo XIX) una frenética carrera en por de
una novedosa y subvertida visión del mundo y la humanidad. Unas veces, llevadas
a cabo mediante la violencia y otras por medio de reformas graduales (por caso,
el socialismo o la socialdemocracia). Y siempre atacan dos cuestiones básicas:
el capital (del que, curiosamente, viven sus dirigentes) y la cultura. Sobre
esta última, hemos visto el principal y más formidable ataque, modificando,
para ello, el concepto que se tiene por tal. En filosofía, se dice que la
cultura popular pierde su condición de tal cuando deviene en vulgaridad, que es
lo que el presente nos muestra. Además, claro, el capital aplica su cizaña
cuando aprueba una convivencia pacífica y atenuada de la ‘lucha de clases’ con
el inevitable y consecuente distanciamiento entre las pautas culturales de las
altas esferas y las del pueblo.
Lo soez, en esta subversión imperante, es un valor,
no un disvalor, y entonces nada podría ya escandalizar, ni el que en una
universidad se entreguen volantes como este de noviembre de 2004, como que
tampoco se muestre sexo explícito –tamizado bajo el rótulo de “arte”- en los
corrillos de sus claustros. Y como la decadencia no tiene fondo, siempre se
estará en este sentido más y más decadente aún. De aquella propuesta de tener
una universidad formadora de propias ideas emanada de una cultura hispánica y
otra aborigen (pensamiento peroniano, al fin), de la que nace lo criollo, lo
nacional, el presente nos avasalla con una borrasca fangosa que nada tiene que
ver con nuestra estirpe americana.
Por Gabriel O.
Turone
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