Cuando explotó,
allá por mediados de los años 60 del siglo pasado, el movimiento hippie, se
activaban, entre mazmorras y nebulosas, ciertas usinas de ideas (think tanks) y personajes de variadas
disciplinas –en especial, psicólogos, psiquiatras, sociólogos, técnicos y
científicos- para moldear a toda una generación pero sin que ésta advierta tal manipulación.
Consistía esa ingeniería social en una modificación radical de todo lo aprendido en materia cultural, o sea, de lo aprendido de generaciones anteriores y que estaba inserto en lo que tiene que ver con lo simbólico, histórico y tradicional. Pero el ataque hacia esos valores se daba desde la matriz que hoy continúa gobernando: la del gran capital o plutocracia, estructura condenada por la religión católica bajo el concepto de “Imperialismo Internacional del Dinero”, de acuerdo a la Encíclica Quadragesimo Anno de Su Santidad Pío XI en el año 1931.
Merced a ese poder financiero es que funcionan organizaciones como el Instituto Tavistock de Relaciones Humanas (TIHR, en sus siglas en inglés) que, fundado en Londres en 1946, en la inmediata post II Guerra Mundial, se compuso de técnicos y científicos que tuvieron por propósito “destruir el núcleo familiar y los principios religiosos, sexuales y de toda índole inculcados desde la niñez por la cultura tradicional”.[1] Con ello, sin dudas, flaquearon hacia la más abominable descomposición social de Occidente introduciendo variantes que, expandidos por los mass media sistémicos, facilitaran un formidable lavado de cerebro.
Bajo los ensayos de estos alquimistas de lo oscuro, la humanidad entraría a la atribulada condición de conejillos de Indias con catastróficas consecuencias. La generación que tuvo padres y hasta abuelos que pelearon en ambas guerras mundiales –por lo general, europeos y norteamericanos-, y que habían nacido entre mediados de la década de 1940 y mediados o finales de la de 1950, fueron escogidos, de modo masivo y sin filtros, para vivir esas experiencias que cortaban toda ligazón con sus mayores. Y esa onda expansiva, en un Occidente sometido a las reglas salvajes del capitalismo liberal triunfante que, por esa condición, hasta le dio groseros espacios en los ámbitos culturales y educativos a cierto marxismo socialista ‘controlado’[2], no tardó en llegar a los países periféricos de toda Iberoamérica.
Lo que el TIHR insufló a los nacidos en el lapso temporal mencionado fueron disvalores y destrucción a través de los ácidos (LSD) y el hipismo, o sea, los vehículos para canalizar esa metamorfosis que en el fondo fue, en verdad, una estupenda disidencia o rebeldía controlada. Lo notoriamente grave de todo eso fue el auge, allá por los 60 y 70, de ciertos métodos que ayudaron a alimentar en la juventud “psicosis, depresiones, temores infundados, apatía, pérdida de confianza y autoestima, paranoias y otras enfermedades mentales, algunas irreversibles”.[3] El fomento de ciertas drogas sirvió de anestesia para limitar, suprimir la rebeldía de los jóvenes y, de esa manera, volverlos manipulables y atomizados, dejando tras de sí la idea de comunidad (“común unidad”).
Sin embargo, y en una nueva vuelta de tuercas, los tecnócratas y científicos, así como los pedagogos de izquierda, optaron por ‘prohibir’ o hacer que las drogas estén ilegalizadas para, de esa forma, lograr que los drogadictos de estratos juveniles intenten adquirirlas a como dé lugar. Ya en las postrimerías del siglo XX y comienzos del XXI, esa búsqueda está dejando de ser una desesperación al operar los lobbies en favor de la legalización de las drogas, como ocurrió en Holanda, Uruguay, Chile, Canadá, Brasil, Portugal, Estados Unidos, República Checa y un largo etcétera más, aunque con gradualismos diferentes según cada una de las naciones mencionadas.
Otras entidades que contribuyeron a manipular las cuestiones culturales han sido la Escuela de Frankfurt y la Escuela de Chicago, ambas en suelo norteamericano durante el desarrollo del siglo XX, donde se echó mano a investigaciones freudianas empapadas con dialéctica marxista/hegeliana (Escuela de Frankfurt), y a una producción cultural donde los dominados abogaran por someterse a la ideología dominante. En ambos casos, fueron los experimentos de persuasión practicados sobre soldados estadounidenses de la II Guerra Mundial los que hicieron que, más tarde, y sobre la población civil, se ejecute una rigurosa manipulación subliminal sofisticada y casi invisible.
Nacerá, a partir de esos años, un homo relativus sin lazos con su historia pasada, inconexo, desarraigado y, bajo esas condiciones, totalmente manipulable y creyente de todo lo que el sistema le fue imponiendo por medio de relatos. Al sobrevenir, a fines de los años 60 y prácticamente durante toda la década siguiente (1971-1980), la represión que el mismo sistema impartió para ‘corregir’ el caos experimental al que fueron impulsados los jóvenes del mundo, allí sucede una ruptura que invalidó a toda una generación que después de la violencia y la sangre quedó frustrada e incompleta, incapaz, en su mayoría, de edificar y de educar con valores –que ellos mismos perdieron- a sus descendientes.
UN EMERGENTE DE LO DICHO: “EL INDIO” SOLARI
En esa miasma se fueron gestando, en nuestro país, los movimientos ‘contraculturales’ que, impuestos como algo genuino, aparecieron gracias al apoyo y acompañamiento de empresarios capitalistas así como de toda una amalgama de profesionales de las ciencias sociales cuyas carreras emergieron al calor de la vuelta de la democracia en 1983 de la mano del socialdemócrata Alfonsín. Un espacio donde se llevó a cabo el desarrollo de esa ‘contracultura’ dirigida y maleable desde estamentos del más rancio capitalismo, se dio en el denominado centro Parakultural que vio tocar a “Patricios Rey y los Redonditos de Ricota” de Solari, entre muchas formaciones más, y que, al decir del actor Carlos Belloso
“El Parakultural era un peligro en potencia, nada se podía prever y las cosas que ocurrían eran muy fuertes. Yo siempre digo que fue como un foco infeccioso porque era realmente eso, la podredumbre que tenía que estar porque veníamos de mucho tiempo de solemnidad y de no decir nada. La infección estaba y al mismo tiempo ese foco infeccioso fue muy contagioso…”[4]
Esto
nos hace pensar que el origen de esa ‘contracultura’ nacía como una “infección o podredumbre” de la que, por
cierto, nada bueno o coherente se podía sustraer sino el reflejo de sus
propulsores: personas rotas venidas de una generación manipulada, inconsciente
o no, por usinas de ideas por lo general extranjeras y estudiadas desde varias
décadas atrás por tecnócratas bien remunerados.
“El Indio” Solari y su agrupación musical nacieron al amparo de esos factores exógenos que calaron profundo en la cultura ochentosa de nuestro país, por lo tanto, no hay aquí una zonza crítica al estilo de vida que pudo acumular a partir de esos años –de dandy con eslóganes de reviente y sacrificio- sino a un clima de época que le permitió una irrupción tan grande que llevó a que su público –una mayoría, no la totalidad- adoptara una suerte de rebeldía inservible y de visión pesimista o nihilista irreductible. Ante esa atmósfera, la evasión se intentará a través del consumo de cocaína, cuya producción y distribución en los países emergentes –como el nuestro- formó parte de ese adormecimiento buscado para calmar a las bandas e inducirlas a una psicodelia controlable y autodestructiva.
Además, con Carlos Solari se originó todo un palabrerío de neto corte neo-pagano compuesto de “misas” e identidades atomizadoras –no se habla de argentinos sino de fraccionados “ricoteros”-, y todo proclive a la exaltación de ciertos “cultos” (como Luzbelito, por caso) para nada populares y dignos, más bien, de ambientes de esotérica herejía.
Si todas estas características son “valores” –como se ha pretendido vender- para canalizar las aspiraciones de las masas suburbanas desencantadas, acaso el grueso de los seguidores de Carlos Solari, suficiente, entonces, con haber escuchado sus testimonios en el velatorio de aquél para corroborar que son seres dolientes, con trágicas históricas de familias destruidas, pobreza estructural transmitida generacionalmente y ungidos de un sentimiento de orfandad que los ha dejado sin futuro, vacuos y definitivamente muertos en vida. Podemos concluir que el velatorio, convertido en un prolijo ritual para las muchedumbres y con cobertura mediática sin pausa, fue la despedida o el cierre de una dolorosa etapa de autodestrucción y excesos, de un período ruinoso de nuestra Argentina que dejó generaciones de compatriotas inmolados y mutilados.
Hay, asimismo, una lectura errónea en cuanto a la caracterización dada a la muchedumbre “ricotera” como portadora de una violencia salvífica o redentora de los males que aquejaban al país, por más que nada de eso sucede ni sucedió jamás. El impulso a que fueron llevados los fanáticos del “Indio” Solari no originó cambios de ninguna naturaleza en el statu quo porque, al ser un producto de pautas culturales modernistas y anticristianas, perdieron de vista lo que al respecto manifestaba Su Santidad el Papa Francisco: “Hagan lío, pero háganlo bien organizado”. La revolución –término tan proclamado en el velatorio- no debe ser la destrucción per sé sino la corrección de lo malo y el mejoramiento de lo que está bien. La ‘contracultura’ desde la cual nacieron “Los Redonditos de Ricota” y el “Indio” Solari, era la destrucción indiscriminada de todo lo anterior, considerado vetusto y obsoleto por la sencilla razón de que era lo tradicional y premoderno. Sus seguidores, entonces, han quedado en un limbo relativista que es bien visto por las reglas del capitalismo liberal que decían combatir.
Si ese cúmulo de “valores” dejados a sus fans por Solari tiene características izquierdistas, eso mismo indica que, dentro de las pautas intocables del sistema capitalista, estamos ante “un activismo simbólico de consumo o una <<revolución televisada>> de base neoliberal” donde “la izquierda (…) tomaría las riendas del universo representacional (…) mientras los grandes capitales incrementaron sus riquezas, la desigualdad y fueron destruyendo, poco a poco, importantes derechos de los trabajadores”[5], sector, este último, que ha nutrido la gran mayoría de los seguidores de Carlos Solari, un anciano septuagenario que pasó sus últimos instantes de vida dentro de una pileta climatizada privada, lejos de las muchedumbres y rodeado de un hermoso parque con ejemplares de flores reventonas y perfumadas de Parque Leloir.
[1] Jiménez, Cristina
Martín. La verdad de la pandemia,
Martínez Roca, Buenos Aires, 2020, p. 92
[2] Se exhibe una
enorme lista de ex integrantes de organizaciones guerrilleras filomarxistas de Estados
Unidos que, a inicios de los años 70 del siglo pasado, fueron favorecidos para
insertarse en el ámbito universitario de esa nación. Para mayor precisión sobre
este tema, ver la obra Homo Relativus.
Del iluminismo a matrix, de Iñaki Domínguez, Akal, 2021.
[3] Jiménez,
Cristina Martín. La verdad de la pandemia,
Martínez Roca, Buenos Aires, 2020, p. 93
[4] Álvarez, Florencia
y Bassi, Pablo. “La última euforia del siglo XX”, Revista Quid, Año 7, Número
44, febrero/marzo 2013, p. 31.
[5] Domínguez,
Iñaki. Homo Relativus. Del iluminismo a
matrix, Akal, Buenos Aires, 2021, pp. 136 y 137.







