viernes, 28 de agosto de 2026

MAX HIGGINS Y LOS SUEÑOS DE ATENTAR CONTRA LA SOBERANIA



Estimamos que, como una verdad sin fisuras, si existen dos medidas tendientes, de parte de los poderosos, para propender a la destrucción moral y desarrollista de los pueblos, aquéllas son la eliminación de los libros y el mancillamiento de los sitios donde se jugaron los destinos de la patria y que bien consideramos como sagrados.

A propósito del último punto, el de la irrespetuosidad dispensado hacia los lugares que determinaron la bravura de nuestro pueblo en su lucha eterna por la independencia y la soberanía, nos vinimos a enterar de la muerte, inmerso en la mendicidad, del ex empresario Max Higgins, el pasado 25 de agosto de 2026 en las calles olvidadas de Merlo, en el conurbano bonaerense. 

¿Quién era este ignoto pero en su momento acaudalado extravagante? Como todo personaje surgido de la nada bajo las reglas del sistema capitalista liberal, un día de 2005 Higgins se presentó con toda pompa y soberbia en los pagos de San Pedro, en la provincia de Buenos Aires, dispuesto a llevar a cabo, sin miramientos, un complejo <<Disney>> que dejó, de buenas a primeras, perplejo a todo el mundo. 

Grandes carteles publicitarios colocados a la vera de la ruta que conduce hacia allí mostraban a este moreno nacido en Jamaica dispuesto a desarrollar el negocio, sin tener en cuenta que esas tierras tienen un enorme significado por haberse desarrollado allí, en noviembre de 1845, el combate de la Vuelta de Obligado. Claro que, si de respetos hablamos, a Higgins y sus dineros de sospechosa procedencia nada les importa el dato histórico; él y otros de su calaña van por los negociados, por la rentabilidad de una zona que les auspicie un bien rentístico y ganancial. 

El Intendente de San Pedro era, en aquel 2005, el radical Mario Barbieri, quien al parecer había dado el visto bueno para que el paracaidista Higgins arribe y arrase con todo para instalar el <<Disney>> criollo en un predio de 120 hectáreas que incluían, como se ha dicho, terrenos donde la tropa argentina de Rosas enfrentó a los invasores anglo-franceses 170 años atrás. Para ponerle espectacularidad al asunto, Higgins aterrizó en un helicóptero privado y se entrevistó, algunas veces, con funcionarios sampedrinos que le dieron luz verde a tan oscuro como infame proyecto. El dinero a desembolsar iba a ser de U$S 1000 millones provenientes de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) según se dijo, y a nombre de una firma fantasma llamada “Disney World Mundo S.A., Inc.”. 

Lo cierto es que, ya en 2007, luego de volanteadas y protestas masivas de los habitantes de San Pedro y Obligado, quienes cortaron rutas e hicieron escraches a funcionarios cómplices y demás, Higgins comenzó a ser investigado en Estados Unidos, descubriéndose que no solamente era un estafador internacional sino que, de acuerdo a la multinacional Disney World, era un usurpador de nombres. 

El proyecto de purpurina, fugaz, de Max Higgins se esfumó en el aire, y en el lugar donde la lucha reforzó el Día de la Soberanía Nacional, no se hicieron modificaciones bochornosas…salvo, en tiempo más reciente, claro está, de un alisamiento (¿o arrasamiento?) que se practicó en parte de la costa del río Paraná para que la gente escuche reggaetón, tome cerveza y grite donde ayer estuvieron emplazadas las fuerzas militares argentinas defendiendo el honor en la Vuelta de Obligado.   

Como todo lo que huele a globalización, nunca se supo con certeza de dónde venía este Max Higgins, quien en los años locos de su copetuda presencia en los medios llegó a desarrollar un reality show en el que tuvo de invitado, nada más ni nada menos, a Diego Maradona. Tras mendigar por varios años en las calles porteñas, Higgins concluyó su existencia tirado, como un despojo, en una arteria de Merlo en días recientes. 

Unos años más tarde de su furtiva aparición por los pagos de San Pedro, hubo otro caso similar en otro recinto sagrado donde se jugó la soberanía nacional en tiempos de Rosas. Ocurrió en 2013, cuando otros misteriosos como funestos emprendedores quisieron arrasar con el sitio donde tuvo lugar otro combate contra Francia e Inglaterra dentro de la Guerra del Paraná: versamos sobre el combate del Paso del Tonelero, que se libró el 9 de enero de 1846. Vemos un volante rescatado de este episodio que, gracias a la intervención rápida del pueblo ramallense (a su Partido pertenece el Paso del Tonelero), todo concluyó sin que se viese afectada la geografía.

De todas maneras, no todo ha tenido un final feliz, pues la multinacional de granos Cargill adquirió hacia 1982/83 las tierras donde se desarrolló el combate de Angostura del Quebracho (hoy, Punta Quebracho, Santa Fe) el 4 de junio de 1846, último encuentro de armas antes del triunfo diplomático argentino sobre las potencias navales de Inglaterra y Francia que procedieron a firmar sendos tratados de Paz. Por este motivo, la cruz que se haya emplazada en recuerdo de Angostura del Quebracho se encuentra a 2 kilómetros del sitio exacto que hoy ocupa la firma internacional.


Mesa Directiva
MOV. CIVICO PARA LA CULTURA NACIONAL

domingo, 14 de junio de 2026

FINANCIAMIENTO CULTURAL Y REBELDIA CONTROLADA: UN POSIBLE CASO DEL "INDIO" SOLARI


Cuando explotó, allá por mediados de los años 60 del siglo pasado, el movimiento hippie, se activaban, entre mazmorras y nebulosas, ciertas usinas de ideas (think tanks) y personajes de variadas disciplinas –en especial, psicólogos, psiquiatras, sociólogos, técnicos y científicos- para moldear a toda una generación pero sin que ésta advierta tal manipulación.

Consistía esa ingeniería social en una modificación radical de todo lo aprendido en materia cultural, o sea, de lo aprendido de generaciones anteriores y que estaba inserto en lo que tiene que ver con lo simbólico, histórico y tradicional. Pero el ataque hacia esos valores se daba desde la matriz que hoy continúa gobernando: la del gran capital o plutocracia, estructura condenada por la religión católica bajo el concepto de “Imperialismo Internacional del Dinero”, de acuerdo a la Encíclica Quadragesimo Anno de Su Santidad Pío XI en el año 1931.

Merced a ese poder financiero es que funcionan organizaciones como el Instituto Tavistock de Relaciones Humanas (TIHR, en sus siglas en inglés) que, fundado en Londres en 1946, en la inmediata post II Guerra Mundial, se compuso de técnicos y científicos que tuvieron por propósito “destruir el núcleo familiar y los principios religiosos, sexuales y de toda índole inculcados desde la niñez por la cultura tradicional”.[1] Con ello, sin dudas, flaquearon hacia la más abominable descomposición social de Occidente introduciendo variantes que, expandidos por los mass media sistémicos, facilitaran un formidable lavado de cerebro.

Bajo los ensayos de estos alquimistas de lo oscuro, la humanidad entraría a la atribulada condición de conejillos de Indias con catastróficas consecuencias. La generación que tuvo padres y hasta abuelos que pelearon en ambas guerras mundiales –por lo general, europeos y norteamericanos-, y que habían nacido entre mediados de la década de 1940 y mediados o finales de la de 1950, fueron escogidos, de modo masivo y sin filtros, para vivir esas experiencias que cortaban toda ligazón con sus mayores. Y esa onda expansiva, en un Occidente sometido a las reglas salvajes del capitalismo liberal triunfante que, por esa condición, hasta le dio groseros espacios en los ámbitos culturales y educativos a cierto marxismo socialista ‘controlado’[2], no tardó en llegar a los países periféricos de toda Iberoamérica.

Lo que el TIHR insufló a los nacidos en el lapso temporal mencionado fueron disvalores y destrucción a través de los ácidos (LSD) y el hipismo, o sea, los vehículos para canalizar esa metamorfosis que en el fondo fue, en verdad, una estupenda disidencia o rebeldía controlada. Lo notoriamente grave de todo eso fue el auge, allá por los 60 y 70, de ciertos métodos que ayudaron a alimentar en la juventud “psicosis, depresiones, temores infundados, apatía, pérdida de confianza y autoestima, paranoias y otras enfermedades mentales, algunas irreversibles”.[3] El fomento de ciertas drogas sirvió de anestesia para limitar, suprimir la rebeldía de los jóvenes y, de esa manera, volverlos manipulables y atomizados, dejando tras de sí la idea de comunidad (“común unidad”).  

Sin embargo, y en una nueva vuelta de tuercas, los tecnócratas y científicos, así como los pedagogos de izquierda, optaron por ‘prohibir’ o hacer que las drogas estén ilegalizadas para, de esa forma, lograr que los drogadictos de estratos juveniles intenten adquirirlas a como dé lugar. Ya en las postrimerías del siglo XX y comienzos del XXI, esa búsqueda está dejando de ser una desesperación al operar los lobbies en favor de la legalización de las drogas, como ocurrió en Holanda, Uruguay, Chile, Canadá, Brasil, Portugal, Estados Unidos, República Checa y un largo etcétera más, aunque con gradualismos diferentes según cada una de las naciones mencionadas.

Otras entidades que contribuyeron a manipular las cuestiones culturales han sido la Escuela de Frankfurt y la Escuela de Chicago, ambas en suelo norteamericano durante el desarrollo del siglo XX, donde se echó mano a investigaciones freudianas empapadas con dialéctica marxista/hegeliana (Escuela de Frankfurt), y a una producción cultural donde los dominados abogaran por someterse a la ideología dominante. En ambos casos, fueron los experimentos de persuasión practicados sobre soldados estadounidenses de la II Guerra Mundial los que hicieron que, más tarde, y sobre la población civil, se ejecute una rigurosa manipulación subliminal sofisticada y casi invisible.

Nacerá, a partir de esos años, un homo relativus sin lazos con su historia pasada, inconexo, desarraigado y, bajo esas condiciones, totalmente manipulable y creyente de todo lo que el sistema le fue imponiendo por medio de relatos. Al sobrevenir, a fines de los años 60 y prácticamente durante toda la década siguiente (1971-1980), la represión que el mismo sistema impartió para ‘corregir’ el caos experimental al que fueron impulsados los jóvenes del mundo, allí sucede una ruptura que invalidó a toda una generación que después de la violencia y la sangre quedó frustrada e incompleta, incapaz, en su mayoría, de edificar y de educar con valores –que ellos mismos perdieron- a sus descendientes.

UN EMERGENTE DE LO DICHO: “EL INDIO” SOLARI

En esa miasma se fueron gestando, en nuestro país, los movimientos ‘contraculturales’ que, impuestos como algo genuino, aparecieron gracias al apoyo y acompañamiento de empresarios capitalistas así como de toda una amalgama de profesionales de las ciencias sociales cuyas carreras emergieron al calor de la vuelta de la democracia en 1983 de la mano del socialdemócrata Alfonsín. Un espacio donde se llevó a cabo el desarrollo de esa ‘contracultura’ dirigida y maleable desde estamentos del más rancio capitalismo, se dio en el denominado centro Parakultural que vio tocar a “Patricios Rey y los Redonditos de Ricota” de Solari, entre muchas formaciones más, y que, al decir del actor Carlos Belloso

“El Parakultural era un peligro en potencia, nada se podía prever y las cosas que ocurrían eran muy fuertes. Yo siempre digo que fue como un foco infeccioso porque era realmente eso, la podredumbre que tenía que estar porque veníamos de mucho tiempo de solemnidad y de no decir nada. La infección estaba y al mismo tiempo ese foco infeccioso fue muy contagioso…”[4]

Esto nos hace pensar que el origen de esa ‘contracultura’ nacía como una “infección o podredumbre” de la que, por cierto, nada bueno o coherente se podía sustraer sino el reflejo de sus propulsores: personas rotas venidas de una generación manipulada, inconsciente o no, por usinas de ideas por lo general extranjeras y estudiadas desde varias décadas atrás por tecnócratas bien remunerados.

“El Indio” Solari y su agrupación musical nacieron al amparo de esos factores exógenos que calaron profundo en la cultura ochentosa de nuestro país, por lo tanto, no hay aquí una zonza crítica al estilo de vida que pudo acumular a partir de esos años –de dandy con eslóganes de reviente y sacrificio- sino a un clima de época que le permitió una irrupción tan grande que llevó a que su público –una mayoría, no la totalidad- adoptara una suerte de rebeldía inservible y de visión pesimista o nihilista irreductible. Ante esa atmósfera, la evasión se intentará a través del consumo de cocaína, cuya producción y distribución en los países emergentes –como el nuestro- formó parte de ese adormecimiento buscado para calmar a las bandas e inducirlas a una psicodelia controlable y autodestructiva.

Además, con Carlos Solari se originó todo un palabrerío de neto corte neo-pagano compuesto de “misas” e identidades atomizadoras –no se habla de argentinos sino de fraccionados “ricoteros”-, y todo proclive a la exaltación de ciertos “cultos” (como Luzbelito, por caso) para nada populares y dignos, más bien, de ambientes de esotérica herejía.

Si todas estas características son “valores” –como se ha pretendido vender- para canalizar las aspiraciones de las masas suburbanas desencantadas, acaso el grueso de los seguidores de Carlos Solari, suficiente, entonces, con haber escuchado sus testimonios en el velatorio de aquél para corroborar que son seres dolientes, con trágicas históricas de familias destruidas, pobreza estructural transmitida generacionalmente y ungidos de un sentimiento de orfandad que los ha dejado sin futuro, vacuos y definitivamente muertos en vida. Podemos concluir que el velatorio, convertido en un prolijo ritual para las muchedumbres y con cobertura mediática sin pausa, fue la despedida o el cierre de una dolorosa etapa de autodestrucción y excesos, de un período ruinoso de nuestra Argentina que dejó generaciones de compatriotas inmolados y mutilados.

Hay, asimismo, una lectura errónea en cuanto a la caracterización dada a la muchedumbre “ricotera” como portadora de una violencia salvífica o redentora de los males que aquejaban al país, por más que nada de eso sucede ni sucedió jamás. El impulso a que fueron llevados los fanáticos del “Indio” Solari no originó cambios de ninguna naturaleza en el statu quo porque, al ser un producto de pautas culturales modernistas y anticristianas, perdieron de vista lo que al respecto manifestaba Su Santidad el Papa Francisco: “Hagan lío, pero háganlo bien organizado”. La revolución –término tan proclamado en el velatorio- no debe ser la destrucción per sé sino la corrección de lo malo y el mejoramiento de lo que está bien. La ‘contracultura’ desde la cual nacieron “Los Redonditos de Ricota” y el “Indio” Solari, era la destrucción indiscriminada de todo lo anterior, considerado vetusto y obsoleto por la sencilla razón de que era lo tradicional y premoderno. Sus seguidores, entonces, han quedado en un limbo relativista que es bien visto por las reglas del capitalismo liberal que decían combatir.

Si ese cúmulo de “valores” dejados a sus fans por Solari tiene características izquierdistas, eso mismo indica que, dentro de las pautas intocables del sistema capitalista, estamos ante “un activismo simbólico de consumo o una <<revolución televisada>> de base neoliberal” donde “la izquierda (…) tomaría las riendas del universo representacional (…) mientras los grandes capitales incrementaron sus riquezas, la desigualdad y fueron destruyendo, poco a poco, importantes derechos de los trabajadores”[5], sector, este último, que ha nutrido la gran mayoría de los seguidores de Carlos Solari, un anciano septuagenario que pasó sus últimos instantes de vida dentro de una pileta climatizada privada, lejos de las muchedumbres y rodeado de un hermoso parque con ejemplares de flores reventonas y perfumadas de Parque Leloir.

 

Gabriel Oscar Turone


[1] Jiménez, Cristina Martín. La verdad de la pandemia, Martínez Roca, Buenos Aires, 2020, p. 92

[2] Se exhibe una enorme lista de ex integrantes de organizaciones guerrilleras filomarxistas de Estados Unidos que, a inicios de los años 70 del siglo pasado, fueron favorecidos para insertarse en el ámbito universitario de esa nación. Para mayor precisión sobre este tema, ver la obra Homo Relativus. Del iluminismo a matrix, de Iñaki Domínguez, Akal, 2021.

[3] Jiménez, Cristina Martín. La verdad de la pandemia, Martínez Roca, Buenos Aires, 2020, p. 93

[4] Álvarez, Florencia y Bassi, Pablo. “La última euforia del siglo XX”, Revista Quid, Año 7, Número 44, febrero/marzo 2013, p. 31.

[5] Domínguez, Iñaki. Homo Relativus. Del iluminismo a matrix, Akal, Buenos Aires, 2021, pp. 136 y 137.