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viernes, 4 de septiembre de 2020

SOBRE EL ORIGEN DE LAS VILLAS MISERIAS ANTES DE PERON


Muchos años antes del 17 de octubre de 1945, fecha en que emerge el coronel Juan D. Perón a la arena política, se tienen las primeras constancias sobre la existencia de villas miserias en la Capital Federal. El 29 de abril de 1932, para ser precisos, un periodista del diario “La Protesta”, se había arrimado hacia la zona donde hoy se establecen los barrios de Retiro y Puerto Madero –que, este último, tomaba el nombre de Puerto Nuevo- para ver de cerca al grupo de “300 chozas” que constituyeron lo que se llamó “Villa Oficial” o “Villa Desocupación” [1]. En una parte de la crónica levantada, anotaba el cronista que podían observarse “a grupos de tres a seis personas, arropadas hasta las orejas, inclinadas sobre un fuego vacilante, fumando o tomando mate” [2]. Puede fijarse la existencia de este primer villorrio desde la famosa crisis de 1930 y hasta ese año de 1932, cuando la Municipalidad de Buenos Aires ordenó la quema de buena parte de esas chozas, aunque no de la totalidad, previo desalojo de sus ocupantes[3].

Eso aconteció en la metrópolis, pero en el campo hubo casos similares que, con el tiempo y la leyenda, permitieron emerger a un nuevo sujeto social del que, desde luego, no me ocuparé en esta nota: el croto. De regreso en la ciudad, por esos años es cuando aparece un nuevo término que, según se cree, pasó inadvertido –o no tuvo prensa- en medio de los despilfarros de la oligarquía argentina, y fue el de la “olla popular”, todavía empleado de tanto en tanto para aguantar la extensión de alguna protesta callejera. Antes del peronismo, se ve que era tan apremiante la desocupación en nuestro país que, casi a las apuradas, se crearía en 1934 la llamada “Junta Nacional para Combatir la Desocupación”, cuyos censos estaban a cargo del Departamento Nacional del Trabajo, precisamente, el organismo que manejaría Perón a partir de diciembre de 1943.

Tal descomposición del tejido social, nacida gracias a la arquitectura de una política eminentemente unitaria/liberal de nuestro devenir, en donde se establecieron para quedarse las primeras villas miserias, tiene un génesis que muchos, por acción u omisión, prefieren no indagar. Quien sí se refirió a esta desvirtuación fue Enrique Ricardo Del Valle, al decir que las primeras villas que hubo en Buenos Aires aparecieron “durante la crisis del año 30”, añadiendo que, entre las características de esos primeros asentamientos[4] estaban el de no permitir la presencia de mujeres “para evitar los líos y no dar motivo a las autoridades para el desahucio” [5]. Y da una serie de elementos materiales con los cuales se levantaban los ranchos de las villas miserias: palos, ramas, cartones, latas de kerosene abiertas y aplanadas, lonas y arpilleras, algo que, por desgracia, no ha perdido vigencia al paso de los años. 

Como lo afirmara Paulo Cavaleri en 1996, durante la belle époque vernácula (1890-1920) los valores más apreciados eran “El lujo desmedido, el juego, [y] la creencia en una Argentina de recursos inagotables” [6]. Por entonces, no había lugar para aquellas voces disidentes que veían, en medio de los festejos del Centenario, la grieta cada vez más ensanchada y profunda que, dejando ver dos sectores bien definidos, encontraba, de un lado, al grupo de familias de la oligarquía agrícola-ganadera y, del otro, una amplia mayoría de ciudadanos de a pie que apenas sí subsistían con un empleo indigno, mal pago y, más lúgubremente, de la dádiva o el derrame de los recursos despreciados por las clases pudientes. Todavía no se podía hablar de ninguna clase media consolidada sino embrionaria. La contracara del festín que se daban, plenos de lujos y bacanales interminables en Europa los hijos de las familias ricas locales, podía hallarse en los planteos críticos de Manuel Gálvez, Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones, quienes empezaron, no sin vituperios de sus colegas, a reivindicar, de paso, al gaucho y su patriótica cosmovisión.

En el año 1895 nacerá, con visos de tibieza pero alarmante desarrollo, el llamado “Barrio de las Latas”: pintoresco eufemismo nacido por la composición con que estaban hechos los ranchos que le dieron vida a una villa miseria que se asentó, hasta su erradicación en 1912 por la Municipalidad, en un sector del barrio porteño de Nueva Pompeya. 


Quien ha tomado nota de este asentamiento en pleno auge de la Argentina oligárquica, fue el historiador barriológico Hugo Corradi en su respetable obra Guía Antigua del Oeste Porteño, quien, para ello, transcribió una vieja crónica de la desaparecida revista Aconcagua que, en sus párrafos más salientes, manifestaba que

“Pronto comenzaron a sentar sus reales por los predios y baldíos esos pintorescos personajes que el argot criollo ha bautizado con el nombre de <<cirujas>>, quienes comenzaron a construir sus viviendas para resguardarse de las inclemencias del tiempo con latas…” [7]

Para el final de estas menciones sueltas, diremos que una fuente insospechada como el diario La Nación, que siempre hizo gala de la exaltación de aquella Argentina del Centenario, reconoció la hambruna y la miseria que sufrían “los niños pobres en los hospicios municipales”. En la edición del lunes 5 de diciembre de 1904, se leían algunos cuadros alarmantes de la supuesta gran Argentina de principios del siglo XX:

“…en la capital de la república, muchos niños sufren frecuentemente el suplicio del hambre y llegan á morir por falta de una alimentación adecuada. En ese simple episodio de organización hospitalaria se descubre todo un drama tan conmovedor, de angustia tan profunda y tan intensa, que el espíritu se siente agobiado por impresiones indefinibles de infinita tristeza. Medítese con un poco de recogimiento lo que representa la dureza de las exigencias administrativas en los centros de beneficencia pública donde la sociedad recoge á los niños sin madre, lanzados al viento de la desgracia. Hay una partida de ciento cincuenta pesos destinada á la leche que consumen los pequeños asilados (…). Cuando el inciso se agota antes de fin de mes, el hambre asoma su perfil siniestro y no hay modo de conjurar la pavorosa aparición, si los médicos no se preocupan de suplir con su peculio particular los fondos oficiales…” [8]

Éstas y otras delicias más pueden dar una visión más realista y concreta que se daba en medio del glamur sofisticado y extranjerizante de comienzos del siglo XX en nuestro país. Su desconocimiento u ocultamiento por los analfabetos locuaces de los mass media y el nutrido elenco de personajes de la “pedagogía colonial”, son los responsables de aquella infundada diatriba que, en forma de latiguillo, dictamina unánimemente que “el origen del peronismo trajo consigo el debut de las villas miserias argentinas”.

Jauretche, por otra parte, en su siempre actual El medio pelo en la sociedad argentina, advierte que las corrientes emigratorias del campo a la ciudad todavía continuaron en los albores del peronismo, pero que esos emigrantes iban a parar a villas miserias constituidas años antes aunque, ahora, con un trabajo asegurado merced a las 309 leyes laborales que decretó y legalizó Perón entre 1946 y 1955. Por esa razón, Jauretche sostenía que desde entonces 

“La población de las Villas Miseria se renueva constantemente y prácticamente hoy, quedan en ellas pocos de sus primeros ocupantes que en los últimos años han sido sustituidos en gran número por bolivianos, paraguayos y chilenos, que van ocupando las vacantes, ya que el problema de la desocupación rural es común a toda esta parte de América.”  

En cambio, la “Villa Desocupación” que despuntó a partir de 1930 en plena “Década Infame” tenía su origen en una época en que “La ciudad tenía miles de habitaciones desocupadas cuyos avisos se leían por todos los barrios y ocupaban un amplio espacio en los clasificados de los diarios (…) pero no [había] medios para pagarlas” [9]. Esto dejaba ver lo descarnado de los años previos al surgimiento de Perón, con una economía que rendía sus frutos para unos pocos y que distribuía sus remanentes, sus sobrantes hacia los demás.


A modo de conclusión, se puede hacer una crítica a todo el arco político de los últimos 90 años por no haber podido erradicar las villas miserias, porque bien mencionamos su origen allá en 1930, pero no avizoramos su final sino, contrariamente, su crecimiento, complejidad y barbarie. En ese sentido ningún tipo de gobierno, sea liberal, conservador, radical, peronista, desarrollista, militar o socialdemócrata, ha planteado serias políticas sociales para otorgar las condiciones de elevación moral y ética de sus ciudadanos, para que salgan de la podredumbre social del mal vivir. 

Por eso mismo, es un cliché la zoncera de que solo el peronismo facilitó la presencia de las villas miserias y, de suyo, la mentada decadencia argentina a partir de 1945. Es más, me animo a decir que de todos los gobiernos que han enfrentado la problemática de las villas miserias, el justicialismo fundacional de 1945 fue el único que tendió una ayuda transitoria –de superación, como dice Jauretche- para que quienes vivían en ellas pudieran salir de las mismas hasta hacerse su casita de material gracias a un Estado que facilitaba esas condiciones. Pero además, porque la política oficial de “la vuelta al campo” pregonada con mayor ahínco en el 2º Plan Quinquenal, evitaba la emigración interna de los pobladores rurales a las grandes ciudades, donde se amontonaban en los villorrios. Hasta aquí, entonces, la temática de esta nota referida al origen no peronista de las villas miserias.


Por Gabriel O. Turone


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Referencias:


[1] El sector que se estableció en Retiro es la actual Villa 31, con más de 40 mil habitantes. 

[2] García, Alicia S. “Crisis y desocupación en los años 30”, Revista Todo es Historia, Año XII, Nº 154, Marzo de 1980, página 60. 

[3] Con el número de Inventario 113934, el Archivo General de la Nación (AGN) publicó en su cuenta de “Facebook”, el 16 de enero de 2018, una fotografía de Carlos Gardel visitando la “Villa Desocupación” por última vez. Se lo ve de impecable traje, sombrero y pañuelo en el bolsillo contemplando el cartel de un <<Almacén – Cigarrería>>. 

[4] Otro mote dado es el de “barrio de emergencia”, señala Del Valle, y en pleno siglo XXI el más engañoso de “barrios populares”. 

[5] “Lunfardología”, de Enrique Ricardo Del Valle, Editorial Freeland, 1966, Página 127.

[6] Cavaleri, Paulo. “Argentinos en París”, Revista Todo es Historia, Año XXX, Nº 353, Diciembre de 1996, página 26. 

[7] “Guía Antigua del Oeste Porteño”, de Hugo Corradi, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1969, Página 115.

[8] El gobierno al que le endilgan el origen de las infames villas miserias, tenía un apotegma que decía: “En la Nueva Argentina los únicos privilegiados son los niños”.

[9] “El medio pelo en la sociedad argentina”, de Arturo Jauretche, Ediciones Corregidor, 1996, Página 121.

martes, 17 de octubre de 2017

DE BILLETES, PROCERES Y ANIMALITOS



En días recientes, más exactamente el 12 de octubre próximo pasado, y a instancias de ser reporteado por el periodista Carlos Pagni en el 53º Coloquio de IDEA, el jefe de Gabinete de Ministros de la Nación, Marcos Peña, esbozó los siguientes conceptos al referirse al cambio de figuras históricas por animales autóctonos en los billetes de papel. Dijo entonces:

            “Para mí, una de las cosas chiquitas pero simbólicas más lindas que hicimos es poner animales en los billetes. Es la primera vez en la historia argentina que hay seres vivos en nuestra moneda nacional, y que dejamos la muerte atrás, que esté tranquila y que vivamos nuestra vida.”

            Lo primero que advertí al escuchar esta sentencia, es el equívoco de Peña cuando afirma que es “la primera vez en la historia argentina que hay seres vivos en nuestra moneda nacional”, pues si se refiere a los animales insertos en el papel moneda, es dable recordar que el billete de $ 20.- (Veinte Pesos) que la administración de Juan Manuel de Rosas hizo emitir en el año 1841 tenía la imagen de un caballo criollo en actitud de correría (ver imagen de la nota). En ese mismo año, también el billete de $ 5.- (Cinco Pesos) dejaba ver un avestruz, y el de $ 10.- (Diez Pesos), una oveja.

            Marcos Peña olvida también que en la serie de billetes de 1844, también bajo el rosismo, el papel moneda de $ 5.- (Cinco Pesos) tenía dos avestruces, el de $ 10.- (Diez Pesos), un rebaño de ovejas y el de veinte dos parejas de caballos al trote. Siempre bajo el gobierno de la Federación, en 1845 y 1848 los billetes de $ 50.- (Cincuenta Pesos) mostraban, por primera vez, la imagen de una vaca.

            Quizás el jefe de Gabinete de Mauricio Macri omita recordar, incluso, la ilustración que llevaban los billetes promediando la década de 1860, donde el modelo agroexportador en boga no hacía exaltar, sino, a las vacas, colocándolas en el centro de los mismos.

            Es que, como afirma Carolina Menéndez Trucco[1], “el dinero está vinculado al comercio. Como superficie iconográfica, es un medio de comunicación. De allí su inevitable condición de transmisor de los ideales del momento”. Por eso, consolidada la etapa de la Organización Nacional hacia el 1880, los billetes comenzaron a circular con la efigie de Sarmiento, Nicolás Avellaneda, Urquiza, Mitre y, lentamente, José de San Martín y Manuel Belgrano. Estos dos últimos recién tendrán presencia en el papel moneda a partir del Centenario del país, una vez que Bartolomé Mitre los encumbró con sendas biografías.

            Es muy posible encontrar en el actual gobierno de Macri una ahistoricidad manifiesta, en donde el pasado es pensado, más que como algo aleccionador, como un estorbo que impide el desarrollo futuro nacional. Sin embargo, y aquí es donde recibiré las críticas de mis colegas revisionistas, tampoco se puede justificar que la quita de los próceres o personalidades de nuestra historia por especies faunísticas en los billetes implique, sí o sí, un hecho aberrante o de lesa patria.

            Porque si vamos a ser ecuánimes, Carlos Saúl Menem sería merecedor de todos nuestros respetos y admiración por incluir, por primera vez en la historia, la efigie del Restaurador Rosas en un billete argentino.[2] O sino, yéndome a las monedas –la otra plataforma de valor-, quienes admiramos la visión geopolítica y estratégica de Julio Argentino Roca deberíamos agradecerle al general Jorge Rafael Videla por haberlo incluido –y homenajeado- al acuñar monedas en 1979 por los 100 años de la Campaña al Desierto emprendida por el tucumano.

            Además, me parece una vileza en estos tiempos de pillaje, ramplonería y corrupción desaforada el medir el patriotismo de tal o cual administración por las figuras que imponen en sus billetes. No hay moral en el papel moneda. Lázaro Báez tiene 470.000 hectáreas, y se ubica como el tercer terrateniente más grande de la Argentina[3], rapiñando decenas de miles de billetes de $ 20.-, con la figura ilustre de Rosas, a los que cambió por dólares y euros, y, finalmente, previo pesaje, o puso en cuentas off shore en el exterior o se dedicó a gastarlos para la adquisición de algunas de las 25 estancias que poseía en la Provincia de Santa Cruz. Eso se hizo cuando el billete de Rosas estaba en danza, al igual que con el que tiene a aquellas figuras rescatadas por el liberalismo vernáculo. ¿Y si nos acordáramos de las estafas que con ese y otros billetes se hicieron desde 1992, en plena jerga menemista? El billete o papel moneda no tiene moral, esté quien esté.

            En todo caso, declaremos, entonces, como “traidores a la patria” a todas aquellas administraciones que osaron quitar la figura de la República (casi siempre representada por una mujer) de los billetes. Largo sería ese tal listado si, con ojos de numismáticos, indagáramos un poco en las numerosas modificaciones que han sufrido nuestros papeles de intercambio.

            No hay un retroceso en la historia con la quita de los próceres en esos papeles que sirvieron para estafar al pueblo de la patria, para pagar una venganza, erigir una obra o para ir al kiosco a adquirir preservativos. Porque la historia pasa por otras valoraciones, más dignas, menos manoseables. Y también me recuesto en la visión de Vicente Leónidas Sierra, enjundioso historiador para quien la historia no debía quedarse en letra muerta sino en algo más vivencial. La historia tiene que ser una actuación presente, debe quedar reflejada en nuestros actos diarios, advertía, con palabras más o menos cercanas, el nombrado Sierra. Que yo sepa, nadie ha vuelto a imitar a Rosas, así permanezca o no en un billete.

            Por último, la imposición de especies animales en nuestro dinero actual refleja, precisamente, el período que vivimos: el de una mayor concientización de la naturaleza, el del aumento del cuidado de los animales y hasta de nuestras mascotas. ¿Es esto correcto? No entra en este análisis si está mal o está bien, pero si existe la seguridad de que el billete es un exacto “transmisor de los ideales del momento”, como daba en afirmar Menéndez Trucco en 2008.


Por Gabriel O. Turone


[1] “Papeles para una nación”, Diario La Nación, ADN, sábado 23 de febrero de 2008, página 18.
[2] Lo hizo en 1992.
[3] Lo superan el Grupo Benetton (judío italiano), con 900 mil hectáreas, y el Grupo Walbrook (inglés) con 600 mil. 

sábado, 11 de junio de 2016

EL ASESINATO DE ARAMBURU, UNA DISPUTA INTERNA DEL EJERCITO



Se cumplirá el próximo 29 de mayo, el 46º aniversario del secuestro y asesinato del teniente general Pedro Eugenio Aramburu, precisamente un Día del Ejército.

Pasados los años, no pocos confundidos y peor informados siguen saludando el episodio como si, de verdad, se tratara de un ‘vuelto’ que el peronismo realizó contra uno de sus verdugos, saliendo a rememorar y publicar por cuanto foro o red social de Internet exista los famosos Comunicados de la Organización Montoneros de aquellos días, o bien propalando el relato fantástico –por lo inverosímil- que desde las páginas de La Causa Peronista, del 3 de septiembre de 1974, hicieron los subversivos explicando su supuesta hazaña.

            Hoy en día existen innumerables pruebas (documentos, archivos, etc.) que dan por cierto que el secuestro y posterior muerte de Pedro Eugenio Aramburu fue obra de civiles y militares que estuvieron relacionados al gobierno del general Juan Carlos Onganía (1966-1970). Vemos en las páginas de la obra Aramburu: el Crimen Imperfecto (de Eugenio Méndez, Sudamericana-Planeta, 1987), que el propio padre de Firmenich, el ingeniero Víctor Firmenich, al ser reporteado por la revista Gente el 23 de julio de 1970, en un pasaje de la entrevista puso en dudas si su hijo Mario Eduardo Firmenich actuaba solo o mandado por alguien:

            “- Mire, yo no sé qué es lo que pasó. No sé si tuvo algo que ver, en todo caso es posible que sea el instrumento de alguien, pero nunca la parte principal.
-          ¿Instrumento de quién?
-          No sé, pero alguien está manejando todo esto. Eso es seguro.”

Y la publicación Periscopio, Nº 45, del 28 de julio de 1970, hacía lo propio al poner en dudas la autónoma actuación del grupo que se hacía llamar solamente Montoneros, al referir lo que sigue:

            “Con todo, las lagunas y las curiosidades no enjuagadas quizás se diluyen –si cabe- apenas volvemos a la máxima pregunta, que obsesiona al país entero: ‘¿Qué hay detrás del Caso Aramburu?’ La policía dirige hacia allí sus afanes; una vez que resuelva este enigma central, una vez despejado el qué, le será fácil conocer el por qué y los quiénes. Sin duda, la masacre del ex gobernante respondió a una conspiración política más vasta, más ominosa, más execrable que los devaneos ideológicos y criminales de un grupo de muchachos. Una Comisión Investigadora con facultades extraordinarias sería de enorme ayuda.”

‘AZULES’ Y ‘COLORADOS’

En todo este nauseabundo lodazal, se filtraba la antigua disputa de los sectores ‘Azules’ y ‘Colorados’ del Ejército Argentino, interna que debe su origen al derrocamiento del gobierno constitucional del teniente general Juan Domingo Perón en septiembre de 1955.

Como no era tarea fácil hacer olvidar al pueblo todas las realizaciones o conquistas sociales efectuadas por el peronismo saliente, lo que conllevaba a creer que éste ya era parte indisoluble de la memoria y alma colectiva, las FF.AA., en general, y el Ejército, en particular, se vieron en la disyuntiva de hacer algo al respecto. Así, dentro del Ejército afloraron dos tendencias: una ‘Azul’, representada por militares que no querían el regreso de Perón pero sí, en cambio, preservar sus conquistas sociales para tener apoyo popular; y, del otro lado, una tendencia ‘Colorada’ que deseaba, sin más, el exterminio de toda reminiscencia peronista. Este último sector también se componía de una mayoría de integrantes provenientes de la Armada Argentina.

Los golpistas ponen el 23 de septiembre de 1955 en la Casa de Gobierno a un ‘Azul’: el general Eduardo Lonardi, hombre de extracción nacionalista católica y amigo de la juventud de Juan Domingo Perón.[1] En noviembre del mismo año, y no conformes con lo que consideraban era un gobernante débil –porque era ‘Azul’-, los “Libertadores” desplazan a Lonardi y en su lugar ponen a un ‘Colorado’, el teniente general Pedro Eugenio Aramburu, quien fue secundado por el almirante Isaac Francisco Rojas[2], recalcitrante antiperonista y ‘Colorado’ como aquél.

A partir de la instauración del ala más dura de la llamada “Revolución Libertadora”, el sector ‘Colorado’ del Ejército va a expandir su influencia hasta el año 1958, que es cuando se produce la apertura democrática y el triunfo electoral del Dr. Arturo Frondizi. De todas maneras, los dos gobernantes surgidos por el voto popular entre 1958 y 1963 (Frondizi e Illia) van a estar marcados muy de cerca por los hombres de las fuerzas armadas, siempre atentos al peligro que para ellos implicaba el regreso o la creciente influencia del peronismo proscripto. Y como otra instancia, dentro de esa marcación se seguían enfrentando los ‘Azules’ y los ‘Colorados’ por ver quién tenía y ejercía el control militar del país.       

La puja interna del Ejército se mantuvo inalterable. Algunas veces, hasta se llegó a la producción de algunos amotinamientos o alzamientos armados, uno de los cuales tuvo lugar en el barrio porteño de Parque Chacabuco, en donde aviones y cañones antiaéreos se disputaron la supremacía castrense. Allí hubo una cifra no oficializada de muertos y heridos, y un buen número de compañías enteras de regimientos movilizadas para semejante lucha fratricida.

LOS MUCHACHOS DE ONGANIA

Mediante otro golpe de Estado llevado a cabo el 29 de junio de 1966, se hace con el poder el general Juan Carlos Onganía, de extracción ‘Azul’. Es interesante advertir que, pese a lo que comúnmente se niega, Onganía sí mantuvo contactos secretos con gente cercana a Perón, y hasta coqueteó con dirigentes sindicales que, como el emblemático ejemplo de Augusto Timoteo Vandor, le ofrecieron a Onganía alguna estabilidad a su gobierno de Facto. Vandor, de hecho, estuvo presente en la asunción de Onganía en la Casa de Gobierno.[3] Cuando para 1969 asesinan a Vandor en la sede porteña de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica), Perón ya lo había perdonado de su defección tras cuatro  reuniones privadas que ambos mantuvieron en Irún, “un pueblito vasco, bordeado por el río Bidasoa, que hace de frontera entre España y Francia”, explica Juan Bautista Yofre en La trama de Madrid. Héctor Vilallón ofició entre ambos para concretar dichos encuentros.

            El sueño de Onganía era el de perpetuarse lo más posible en el poder (unos 20 años), para dejar instaurados los principios de lo que él llamaba la “Revolución Argentina”. Es decir, que si asumió mediante un golpe institucional en 1966, esa “revolución” debía durar hasta por lo menos el año 1986. Fue entonces, que Onganía se dispuso tener apoyo gremial y socavar cualquier intento que le dispute su permanencia en el gobierno supremo de la Nación, por lo que tuvo que lidiar contra las aspiraciones de los militares ‘Colorados’ del Ejército y contra los civiles que tenían la intención de reagrupar sus partidos políticos para llamar a elecciones democráticas.

            Sin embargo, algo inesperado va a surgir en la arena política argentina, como ser el surgimiento de Pedro Eugenio Aramburu con un partido cuyas siglas fueron UDELPA (Unión del Pueblo Argentino), que comenzó a nuclear, a inicios de los años 60, a vastos sectores de clase media, los cuales se habían mantenido apáticos frente a los acontecimientos políticos vernáculos. Teniendo en cuenta, pues, que el sueño de Onganía era permanecer dos décadas en el poder, UDELPA y su mentor, Aramburu, se erigían como un verdadero peligro para tales aspiraciones.[4] 

            La ligazón entre el grupo fundador de Montoneros y el gobierno del general Juan Carlos Onganía viene dada por el origen ideológico del primero. En su composición, los hermanos Abal Medina, Firmenich, Crocco, Capuano Martínez, Sabino Navarro y Ramus eran nacionalistas católicos post-conciliares, de padres antiperonistas. Varios de los nombrados habían sido alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires, conocido reducto de izquierdistas bien, preferentemente de clase media y media-alta.

Del lado gubernamental, Onganía habíamos dicho que era de la extracción ‘Azul’ del Ejército (por lo tanto, antiperonista moderado), nacionalista católico y tenía por confesor a un jesuita, el padre Mariano Castex, acérrimo opositor a Perón.[5] Este Castex, a su vez, era amigo de Diego Muniz Barreto, asesor del general Onganía y colaborador del coronel Luis César Perlinger.

Sobre estos dos personajes nombrados –Muniz Barreto y Perlinger-, hay mucha tela para cortar. En primer término, Muniz Barreto tenía una reconocida filiación ideológica rosista y filonazi, y fue encargado por el propio Onganía para que dialogue con dirigentes sindicales y con militantes de la llamada “izquierda nacional”, que tantos dolores de cabeza le ha traído al peronismo. Había actuado en 1955 como ‘comando civil’ en contra de Juan Domingo Perón, al punto de adjudicársele a él la voladura del “edificio del Consejo Superior Peronista con gelinita traída especialmente de Uruguay en su pequeña embarcación aquel trágico 16 de junio de 1955”.[6] Entre 1970 y 1971, cuando Mario Eduardo Firmenich estaba como jefe máximo del poder de Montoneros, Muniz Barreto afianzaría sus lazos con él. El 11 de marzo de 1973, Diego Muniz Barreto salió electo diputado nacional por el FREJULI en momentos en que militaba para Montoneros. Moriría asesinado en 1977.[7] El coronel Perlinger también ungió como asesor del general Onganía. Cuando Cámpora fue electo Presidente de la Nación, Perlinger colaboraba entonces con la subversión, y en 1976 fue detenido por las autoridades del Proceso de Reorganización Nacional, quedando en libertad en 1981.

            Otro nexo entre los guerrilleros y el gobierno militar lo hallamos en Hugo Miori Pereyra, amigo personal del Ministro del Interior de Onganía, general Francisco Antonio Imaz. Este Miori Pereyra está sindicado como el planificador del secuestro de Aramburu en mayo de 1970. Por otro lado tenemos al general Francisco Imaz[8], quien fuera amigo personal del empresario Antonio Romano, encargado de pagarle a los delincuentes subversivos para secuestrar y ‘darle un susto’ a Aramburu, todo con el fin de bajarlo de una puja electoral que le habría impedido continuar con la “Revolución Argentina” a Onganía.

            El empresario y estanciero Romano, a todo esto, incumpliría con una parte del pago prometido a la agrupación Montoneros, dado que la idea era ‘darle un susto’ a Aramburu y no que se les muriera de un paro cardíaco, que fue lo que en verdad aconteció. Como parte del dinero que Romano le pagó a los subversivos, se encuentra el autómovil Renault 4L que compró la desempleada Norma Arrostito el 26 de mayo de 1970 por la suma de $ 6550.- a la concesionaria Bosch Automotores.[9] Su hermana Nélida Arrostito, y el esposo de ésta, Carlos Maguid, “muchas veces se preguntaban de dónde había sacado Norma el dinero”, siendo que ella había abandonado en marzo de ese mismo 1970 el empleo de maestra que ejercía en el colegio “Arco Iris”, cito en Uriburu 1030, Buenos Aires.

            En total, Onganía habría de encargarle a su amigo Antonio Romano el pago de $ 20.000.000 por ‘asustar’ a Aramburu, el cual se realizaría en dos partes: un adelanto o anticipo de $ 5 millones, y restantes 15 millones que, luego del asesinato de Aramburu, reclamaban los subversivos. Para cobrar la última cifra, “El 7 de setiembre de 1970 Fernando (Abal Medina) y su grupo tenían una cita muy importante en la pizzería “La Rueda”, ubicada en la esquina de Potosí y Moctezuma de William Morris (…) A una cuadra de la pizzería está la estación del tren y a diez la Comisaría 4ª de Hurlingham, que depende de la Regional Morón. Allí Fernando, como jefe del grupo, tenía que encontrarse con El Pagador, quien le daría el saldo del dinero que habían acordado por el “trabajo” con Aramburu…”, narra Méndez en Aramburu: el Crimen Imperfecto.

            No es cuestión de describir puntillosamente lo sucedido aquella noche cerril, en donde, tras ser delatados, son emboscados y acribillados a balazos Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus. Por estos hechos, y obnubilados por el engaño de un relato que, como se ha dicho, era fantástico, la Organización Montoneros declararía el 7 de septiembre como “Día del Montonero”.[10]

Al sentirse defraudados por quienes los utilizaron para ‘operar’ contra Aramburu, los sobrevivientes del grupo fundacional de Montoneros clamaría venganza por la muerte de Abal Medina y Ramus en William Morris, por eso designarían, tras un sorteo, a Norberto Rodolfo Crocco para que ultime a balazos al empresario Antonio Romano en su Estancia “Mar Chiquita”, ubicada a un costado de la Ruta 2, a pocos kilómetros de la laguna de Mar Chiquita, Provincia de Buenos Aires. Este hecho acontece el 20 de enero de 1970. Una vez que Crocco le pega dos tiros a Romano en el hall de su casco de estancia con un revólver 11.25 que llevaba silenciador, el subversivo criminal había pactado con los de su calaña que procedería a suicidarse. Y así lo hizo: ante la presencia de dos de los hijos del estanciero y empresario Romano, Crocco “murmura un rezo, se persigna, y se dispara un tiro en la sien”.

Este episodio fue conocido por la prensa de su tiempo como “La Tragedia de Mar Chiquita”, el cual puso en el tapete nuevas pistas sobre el Caso Aramburu y las oscuras relaciones entre Montoneros y Onganía. Para desviar la atención, la hermana de Crocco hizo declaraciones al diario La Razón, entre el 26 y el 31 de enero de 1971, afirmando que “Romano era contrabandista. Mi hermano se dedicaba a la compra y venta de tierras y ganado, y realizó una importante operación con Romano, una operación por muchos millones de pesos, suma que desde hacía mucho tiempo mi hermano procuraba cobrar. Pero Romano se iba en promesas”, y remata diciendo (mintiendo): “Mi hermano era un hombre tan derecho que al no poder regresar a nuestra casa con las manos llenas de sangre, y por respeto a sus padres y demás familiares, optó por suicidarse”.   

            Otra muerte sumida en el misterio, fue la de Carlos Capuano Martínez, otro delincuente subversivo que ‘jugaba’ para el onganiato. Fue emboscado con más sigilo que los infelices de William Morris, en la pizzería “Santa Lucía” del barrio de Barracas, el mediodía del 16 de agosto de 1972. A todo esto, Mario Eduardo Firmenich, curiosamente ileso de cuanta trampa o emboscada le fuera realizada al núcleo fundacional de Montoneros, a la muerte de Capuano Martínez asumió como jefe máximo de la agrupación, investidura que nunca más abandonaría.

Las crónicas y las investigaciones que surgieron tras el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu, pusieron en evidencia que “Mario Firmenich (…) visitó el Ministerio del Interior de Imaz veintidós veces entre abril y mayo del 70, es decir, en el mes y medio previo al secuestro”[11], quedando el registro de esas entradas en las planillas de mesa de entrada.[12]

LA VERSION PERONISTA DEL CRIMEN

El justicialismo, y con él su conductor, don Juan Domingo Perón, desconocían hasta entonces a estos jóvenes delincuentes que, optando por la agudización del enfrentamiento entre argentinos, actuaron bajo el denominativo Montoneros y a título de un gobierno militar de facto.

            Interesa aquí el testimonio de Héctor Sandler, militante de UDELPA en ese fatídico 1970, el cual expresó en un reportaje que le hicieron en México el 31 de mayo de 1984: “Veníamos trabajando con Aramburu sobre la base de la recomposición del país a partir de nuestra alianza con el peronismo”.[13] De haberse oficializado una lista con candidatos propios del partido de Aramburu en ese año de 1970, Sandler estaba previsto que vaya como Ministro de Economía de la Nación.

Ocurrido el asesinato de Aramburu, el peronismo condenó a los subversivos a sueldo, encontrándose la prueba irrefutable de tal posición en la carta fechada en Buenos Aires el 3 de junio de 1970. Era una misiva de 3 carillas de extensión que Jorge Daniel Paladino, a la sazón Delegado del Comando Superior Peronista, le envía a Juan Domingo Perón con referencia al rapto de Aramburu. Allí, expresa:

“Hasta el momento no se sabe si Aramburu está vivo o está muerto. Lo que sí parece claro es que el secuestro ha sido obra de elementos organizados adictos al gobierno [de Onganía]. (…) El gobierno está dando espectáculo con miles de hombres en “la gran cacería”, helicópteros y aviones, como en las películas. Pero todo el mundo sospecha que se trata de un gran “camelo”.-

“En los “comunicados” de los secuestradores se advierten dos cosas: una, que no atacan ni al gobierno ni a la situación del país. Dos, que sugieren que son peronistas. Es decir, tratan de echarnos la culpa a nosotros. Pero todo ha sido tan burdo que en este aspecto han fracasado. Ni las masas se han dejado engañar, generalizándose la creencia general que la mano del gobierno está en esto, ni los “gorilas” se han confundido. (…) Descartan cualquier participación peronista en el hecho…”

Este importantísimo documento, lo aporta Juan Bautista Yofre en su reciente Puerta de Hierro (Sudamericana, 2015, página 433). Una página atrás, y tomado de la biografía que sobre Pedro Eugenio Aramburu hicieron Rodlfo Pandolfi y Rosendo María Fraga –este último, reconocido antiperonista mediático-, dice que “El 30 de mayo (de 1970), Perón opinó de manera indirecta, asegurando que el hecho (el secuestro) era contrario al espíritu del peronismo y dejando entender que los autores no eran justicialistas”.

¿Quedan dudas sobre el origen turbio y criminal de los Montoneros, que no eran, sino, hijos del onganiato y contrarios a los principios cristianos y humanos de la doctrina del Movimiento Nacional Peronista? Por eso, ante la cercanía de un nuevo aniversario de la desaparición y muerte de Aramburu, recuerde, que, más que una “hazaña”, el acontecimiento se trató de un ardid perfectamente planificado desde el extranjero y ejecutado por traidores locales que aceleraron la sangría y el retraso de un pueblo que todavía paga las consecuencias de su colosal autodestrucción.


Por Gabriel O. Turone


[1] Perón fue Agregado Militar en Chile a comienzo de la década de 1940, y Lonardi sería su sucesor. Aquí rompieron su amistad, por cuanto Lonardi se vio envuelto de rebote en un caso de espionaje que en el país trasandino había iniciado Perón. Por esa misma razón, Lonardi fue detenido en Chile por algún tiempo. Por lo dicho, la aceptación de reemplazar al derrocado Perón en 1955 pudo haberse tratado de una venganza personal de Eduardo Lonardi.

[2] Isaac Rojas fue nombrado Agregado Naval a la Embajada de la República Argentina en Río de Janeiro (Brasil) el 1º de febrero de 1950, por Decreto 1636/50 emitido por Juan Domingo Perón.

[3] Sin ofrecer excusas de ninguna naturaleza, la opción de Vandor estuvo harto justificada por el contexto que vivían en 1964 el Movimiento Nacional Peronista y el Movimiento Obrero Organizado ante el fracasado intento de retorno de Perón al país. Téngase en cuenta, que desde 1955 y hasta 1964 las entidades gremiales fueron intervenidas, detenidos sus dirigentes, silenciados sus medios de comunicación y desmoralizados sus cuadros por la detención y expulsión de Perón en Brasil cuando intentaba echar pie en la Argentina.
Allí, entonces, habría de generalizarse, con el apoyo de muchos gremialistas, la idea de un “Peronismo sin Perón”, en el sentido de que si la figura del conductor era el escollo insalvable a resolver para que vuelva el peronismo al poder, menester era, entonces, tomar sus banderas descontando su presencia. Además, en el ánimo de sus partidarios había quedado la sensación de que Perón, ahora sí, no iba a regresar nunca más al país.
Por su parte, no seré yo quien dé los nombres de actuales dirigentes peronistas históricos que me han brindado una opinión para nada adversa de Vandor, quien hasta ayudó a muchas seccionales de sindicatos en el interior a mantenerse en la lucha en tiempos de la “Resistencia Peronista”.

[4] El de UDELPA fue un caso muy paradigmático a la hora de reflejar los vaivenes de los actores políticos. En 1963, Aramburu se presentó como candidato a Presidente de la Nación con UDELPA, siendo derrotado por el radical Arturo Illia. Diez años más tarde, en 1973, y ya muerto Aramburu, UDELPA conformó la Alianza Popular Revolucionaria (APR), nucleando a revolucionarios cristianos y comunistas. La APR llevaría como candidatos a Oscar Alende y Horacio Sueldo.

[5] En la opinión del Prof. Carlos A. Disandro, los Jesuitas entre 1969 y 1971 “parten de la ‘tercera posición peronista’, que es ante todo una sana posición política, que deriva de un planteo político nacional, y la convierten en un internacionalismo revolucionario, cuyo manifiesto subversivo teológico es la Populorum Progressio, signo de la alianza sinárquica entre Moscú y el Vaticano, signo también de un poderoso estímulo para la revolución cultural, dentro de la Iglesia.” (La Conspiración Sinárquica y el Estado Argentino, de Carlos A. Disandro, Ediciones Independencia y Justicia, página 39).
    
[6] Citado en Aramburu: el crimen imperfecto, de Eugenio Méndez, página 28.

[7] El diario La Nación del 18 de marzo de 1972, comentaba que Diego Muniz Barreto fue el productor de la película Juan Manuel de Rosas que, estrenada en 1972, estuvo dirigida por Manuel Antín y protagonizada por Rodolfo Bebán. La esposa de Muniz Barreto, Teresa Escalante Duhau, “hizo el papel de Manuelita (…) Muniz Barreto, nacionalista y rosista, facilitó el moblaje, que era el que auténticamente había pertenecido a Rosas. El asesor en armas fue el coronel Luis César Perlinger”.

[8] El dirigente radical Enrique Vanoli dirá en un reportaje otorgado para Siete Días el 16 de marzo de 1983: “Los Montoneros comenzaron como apoyo paramilitar de Onganía y esto se comprueba además en la creación de la revista oficialista Azul y Blanco donde (Juan Manuel) Abal Medina reconoce haber coincidido con Marcelo Sánchez Sorondo, en los contactos frecuentes entre Firmenich y el general Imaz. Como Aramburu conspiraba para derrocar a Onganía, muchos de nosotros suponemos que el secuestro y asesinato del ex presidente debió ser investigado a fondo (…)”.

[9] Para ir a comprar dicho automóvil, Norma Arrostito fue acompañada por Mario Eduardo Firmenich y Fernando Abal Medina, de acuerdo al testimonio de Roberto Tótaro, vendedor de Bosch Automotores.

[10] Eugenio Méndez afirma que “En La Causa Peronista de setiembre de 1974, Montoneros sindicó al propietario de una farmacia, ubicada frente a la pizzería “La Rueda”, como autor de la denuncia anónima. Esta acusación era falsa, ya que la farmacia había cerrado a las 19.30 y el grupo llegó a las 19.50. Reconocer que esperaban a un pagador vinculado con el gobierno (de Onganía) hubiera sido su ocaso definitivo”. (Op. cit., página 123). La ubicación exacta de la Pizzería “La Rueda” era calle Potosí 3405, entre Villegas y Esquel, localidad de William Morris, Provincia de Buenos Aires. Hoy existe allí un local de ropa femenina.

[11] Citado en Dossier Secreto. El Mito de la Guerra Sucia, de Martin Andersen, Planeta, 1993, página 90. 

[12] Mario Eduardo Firmenich continuó actuando bajo el amparo de oscuros oficiales del Ejército Argentino en el último gobierno peronista (1973-1976) y durante la dictadura cívico-militar iniciada en marzo de 1976. Cooperó activamente con el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército en Buenos Aires, bajo las órdenes del entonces coronel Alberto Alfredo Valín. Éste, que luego llegó al grado de general, ocupó la jefatura del Batallón 601 desde el 11 de octubre de 1974 hasta el 27 de octubre de 1977.

[13] Revista La Semana, Nº 391, México. 

martes, 24 de noviembre de 2015

DESDIBUJADO FERIADO SOBERANO DE UN GOBIERNO UNITARIO



Pasó sin pena ni gloria, el viernes 20 de noviembre próximo pasado, y para desgracia de quienes apreciamos la obra patriótica de Rosas, el “Día de la Soberanía Nacional”, hito de nuestra historia argentina que recuerda la primera batalla librada contra las fuerzas navales anglo-francesas de la llamada Guerra del Paraná, en igual fecha del año 1845.

Impuesto como feriado por el gobierno que culminará el 11 de diciembre de 2015, el “Día de la Soberanía Nacional” quedó confinado para su celebración una semana más tarde, o sea, para el viernes 27 de noviembre, imponiendo a este último día como jornada de feriado al solo efecto de aprovechar un fin de semana largo y la rienda suelta de unas mini-vacaciones ambicionadas. A su vez, se aludió que tal postergación del feriado respondió al acto electoral que tuvo lugar el domingo 22 de noviembre. Así y todo, aún sigo sin entender por qué se decidió trasladar el recuerdo de la batalla de la Vuelta de Obligado una semana después de su histórica efeméride. Pues bien, aquí encuentro la primera desvirtuación de un día tan caro para el espíritu nacional.

Como segundo término, incluiría el hecho de que en cada uno de los feriados por el “Día de la Soberanía Nacional” en que le tocó hablar a Cristina Fernández de Kirchner ante el monumento emplazado en la localidad de San Pedro, provincia de Buenos Aires, no se observaba entre la muchedumbre convocada ninguna bandera argentina, y los discursos lejos estaban de recordar la gesta del 20 de noviembre de 1845. Todo era una pantomima político-partidaria aborrecible.

En tercer lugar, jamás se condijo el homenaje al “Día de la Soberanía Nacional” –y, en consecuencia, al empeño de Juan Manuel de Rosas- con lo actuado por el gobierno kirchnerista, propulsor del feriado, como se ha dicho. Entre la imposición de una hermosa epopeya argentina y la acción del gobierno que la promueve, debe haber una correlación, una coherencia o, a lo sumo, una imitación.

El kirchnerismo (2003-2015) ha sido una administración de corte unitario que vilipendió lo federal. Los datos están reflejados en la matriz económica y financiera que manejó a lo largo de una década, y además, claro, por la desculturización que impuso en contra del pueblo argentino, al punto tal de desnaturalizarlo y de alejarlo, con gradual procedimiento, de sus esencias y tradiciones gracias a las órdenes unilaterales del gobierno central. Bastaba, para el caso, que Néstor Kirchner, primero, y Cristina Fernández Wilhelm, después, azuzaran con sus caprichos los lineamientos a seguir.

El gran problema de la vieja –y eterna- disputa entre unitarios y federales radicó en el puerto de Buenos Aires, tal como sugiere don Félix Luna, cuando afirma: “Buenos Aires luchó en toda época, con constancia e inteligencia, para conquistar dos objetivos: ser el puerto único o, al menos, el más importante de esta región del continente, y dirigir con sus hombres, sus ideas, sus intereses y su estilo al resto del conjunto nacional, a veces como capital y otras veces negándose a serlo”.[1] De igual modo, es por demás elocuente la Proclama del caudillo federal y coronel Felipe Varela del 6 de diciembre de 1866, en la que se encarga de reflejar el problema real de Buenos Aires versus el interior:

“La Nación Argentina goza de una renta de diez millones de duros, que producen las provincias con el sudor de su frente. Y sin embargo, desde la época en que el Gobierno libre se organizó en el país, Buenos Aires, a título de Capital, es la provincia única que ha gozado del enorme producto del país entero, mientras en los demás pueblos, pobres y arruinados, se hacía imposible el buen quicio de las administraciones provinciales, por la falta de recursos y por la pequeñez de sus entradas municipales para subvenir los gastos indispensables del gobierno local.”

Puesto de manifiesto este enfrentamiento histórico, aún no subsanado, expondremos por qué el kirchnerato ha practicado un sistema unitario de gobernabilidad.

SALVAJES UNITARIOS

Cuando aún vivía Néstor Carlos Kirchner (febrero de 2010), su esposa, la entonces presidente Cristina Fernández Wilhelm de Kirchner, se comportaba como una salvaje unitaria del pasado, en cuanto decidió, de modo arbitrario, una modificación presupuestaria para reasignar la friolera de $ 144.209.091 (pesos), que no eran sino fondos del Tesoro Nacional que debían destinarse hacia las provincias del interior. En lugar de favorecer a éstas, esos 144 millones de pesos fueron a parar al Programa “Fútbol para Todos”… El fútbol, inculcado como mera distracción popular y vehículo de propaganda oficialista, le ganaba a las economías empobrecidas del interior argentino que ya padecían la inflación.

La arbitrariedad y discreción en el manejo de los fondos públicos que debieron utilizarse para los presupuestos provinciales, continuaron su escalada. En agosto de 2011, Cristina Kirchner había desembolsado para “Fútbol para Todos” la suma de $ 1.331.000.000 (mil trescientos millones de pesos), lo que equivalía a 340 millones de dólares norteamericanos. ¿Se acuerdan de las muertes por desnutrición que tuvo el kirchnerismo durante su gestión? Sigamos demostrando el unitarismo del gobierno que se va.

En 1999, postrimerías del menemismo, los fondos coparticipados federales que se giraban a las gobernaciones provinciales equivalían al 51% del total. En cambio, durante el año 2010 sólo les llegó el 47%. Esto remarcó las carencias de las provincias del interior respecto de la Capital Federal.

Por ejemplo, durante el año 2011 se incrementó el número de subsidios que sirvieron únicamente para financiar el déficit de sistemas deficientes. Se calcula que de todo el monto gastado en subsidios durante ese año, se hubiera podido pagar una obra social para cada uno de los habitantes de la República Argentina que se hallaban fuera de una cobertura de salud. Otro cálculo, señalaba que también se hubiese podido otorgar un cheque de $ 1881 (pesos) como regalo para cada compatriota, tenga la edad que tenga.

Otro rasgo del unitarismo kirchnerista se vio reflejado en los gastos cotidianos. En la provincia de La Pampa, el boleto durante el 2011 costaba $ 1,90, en Salta Capital $ 1,75, mientras que en Rosario, provincia de Santa Fe, valía $ 2.- si se lo abonaba con monedas, sino a $ 1,90 con tarjetas prepagas. ¿Cuánto se abonaba el boleto de colectivo en Buenos Aires capital? Con el aporte de los provincianos hechos a través del pago de sus impuestos, el habitante porteño podía viajar, entonces, al módico precio de $ 1,10, y a $ 1,25 si quería hacerlo en subterráneo o tren.

Amado Boudou, delincuente sin par e inamovible Vicepresidente de la Nación (2011-2015), cuando era Ministro de Economía pagaba un 300% menos el m³ de gas en su departamento de Puerto Madero que un habitante de la suburbana localidad de González Catán, Partido de La Matanza, que encima consumía gas en garrafas (situación que no cambió demasiado al momento en que redacto esta nota, agrego).

Más casos de unitarismo salvaje por parte de los Kirchner, los hallamos en julio de 2012, cuando el Gobierno Nacional de Cristina Fernández Wilhelm no le giró a las provincias de Córdoba y Santa Fe ni siquiera las partidas que figuraban en la Ley de Presupuestos. Esas provincias venían sufriendo un déficit en sus cajas de jubilaciones producto de fondos de la ANSES que fueron dilapidados, desde Buenos Aires, por la administración kirchnerista… Sin embargo, la provincia de Santa Cruz había recibido el doble de lo previsto en el mismo ítem de las partidas presupuestarias para las cajas jubilatorias provinciales no transferidas a la Nación.

No es bueno caer en el tedio de los datos minuciosos, pero vale recordar que tanta acumulación de dinero público facilitado por la política unitaria de su gobierno, le permitió a Cristina Fernández Wilhelm de Kirchner adquirir joyas por “hasta 1 millón de dólares por año” y “en negro” al ex representante de la joyería Jean-Pierre, Sergio Hovaghimian. La declaración la hizo el mismo Hovaghimian en diciembre del año 2014.

A finales del kirchnerismo, esto es, en julio de 2015, se hubo de profundizar el sesgo unitario de su política. Porque a lo largo de la gestión Kirchner-Fernández Wilhelm ha aumentado la concentración de los recursos en el nivel nacional de gobierno, delineando un claro sentido unitario en el reparto de la renta federal. Además, porque esos recursos adicionales no han sido utilizados para reparar desequilibrios regionales ni para mejorar la equidad distributiva, sino, más bien, para premiar o castigar a las provincias según su alineamiento con el autoproclamado “proyecto nacional y popular”. Vemos que, en la década 2005-2015, la presión tributaria de la Nación creció un 44%, del que sólo un cuarto fue distribuido de modo automático a las provincias. El Gobierno Nacional, con asiento en Buenos Aires, concentra sobre el filo del kirchnerismo el 60% de lo recaudado, mientras que “apenas” se responsabiliza del 50% del gasto consolidado. El 10% extra se lo apropia para distribuirlo discrecionalmente a la hora del reparto.

Los ejemplos abundan y son riquísimos, pero la nota aquí termina. Un libro quizás se escriba en el futuro inmediato sobre el unitarismo salvaje que evidenció el kirchnerismo. Aquí, por lo pronto, esbozamos algunos datos que nos hacen reflexionar acerca del desencanto en que ha caído la fecha memorable del 20 de noviembre, el “Día de la Soberanía Nacional”, jornada en que un gobierno auténticamente federal pretendió ser homenajeado, mediante la declaración del feriado, por un genuino desgobierno de cuño unitario, que, por fin, está agonizante.


Por Gabriel O. Turone


[1] “Buenos Aires y el país”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1982, página 135.